Sunday, August 3, 2008

La mujer de Roma, José Luis Martín Nogales

Ediciones B, Barcelona, 2008. 320 pp. 19 €

¿Quién es la misteriosa modelo del cuadro «La Venus del espejo» que con su secreto le proporcionaría a Velázquez la fama de galante seductor y amante durante su estancia en Roma, entre 1649 y 1651? La historia de este lienzo no deja de sorprender porque el pintor cortesano desafió no solo la autoridad de su rey sino, también, la eclesiástica que prohibía pintar, expresamente, desnudos a los artistas de la época. Es el único cuerpo femenino, con acentuadas dosis de erotismo, del XVII, según se desvela en la novela, que se conserva del pintor sevillano, hecho que coincide con la realidad, aunque se sabe que pintó al menos tres más. Presupone, además, el comprometido traslado del lienzo hasta la residencia del pintor, en la corte madrileña, desde su aventura romana. Este y otros misterios, ¿una copia realizada por el propio sevillano?, nos invitan a leer La mujer de Roma (2008), la primera y excelente novela, de José Luis Martín Nogales (Valdeande, Burgos, 1955), que reconstruye, con todo lujo de detalles, en un doble plano, los avatares de este singular cuadro y de sus protagonistas.
La historia arranca con el proceso de identificación de una copia aparecida en Londres, encargo del anticuario Turner que llevará al protagonista, Martín, a realizar una inquietante investigación sobre la autenticidad de la misma. Con el análisis técnico y científico se recreará toda una época, el mágico ambiente de la corte, con sus claroscuros y contradicciones, reconstrucción que posibilitará al joven verificar la autenticidad de la copia, y despejará todas las interrogantes que surgen en torno al cuadro, la identidad de la mujer desnuda, las vicisitudes de su existencia en la corte, incluso la nómina de sus propietarios: la Casa de Alba y Manuel Godoy, hasta su traslado a Inglaterra, y posterior compra por John Morritt o su ubicación en la actualidad, la National Gallery, de Londres.
La novela no sería nada más que la recreación de un episodio histórico del XVII español con personajes reconocidos como, Velázquez y la corte de Felipe IV, si Martín no viviera, tras una pormenorizada investigación, una historia de amor paralela que justifica, en gran medida, la ficción, con estancias en Londres, Roma o Madrid, para desvelar la identidad de la dama, recurso eminentemente novelesco, como de vislumbra al final de la misma, ¿es acaso Flaminia, una joven, vinculada a los Medicis? Un segundo plano, narrado, magistralmente por Martín Nogales, un paralelismo entre la realidad histórica y el presente que, justifican, de alguna manera, esa doble historia de amor, vivida por sus protagonistas con sus respectivas damas romanas. Al hilo de ambas historias, la documentación, el proceso seguido de indagación en archivos: Palacio Real, el Vaticano o la National Gallery, la ambientación y la dosificación histórica, el doble lenguaje empleado, la elegancia de estilo y la perfecta estructura, subrayan el dominio narrativo del novelista y, en ningún momento, esta trama, de pasiones e intrigas, decae o deja de interesar a un lector ávido, embrujado por la magia que esconde el torso y el rostro difuminado de esa hermosa mujer.

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Cuentos completos, Harol do Conti

Prólogo de Gabriel García Márquez. Bartleby, Madrid, 2008. 325 pp. 19 €.

He podido comprobar a menudo que vivimos en un momento en el que mucha gente exige que no se “politicen” las cosas, y escribo la palabra entre comillas porque, como la leche, la tolero mal. No politices el deporte, no politices el arte, no politices la escuela. A mí me han acusado de politizar alguna que otra res eña de este blog. He oído incluso a los políticos —y esto me parece de lo más desconcertante— acusarse los unos a los otros de politizar la política. «Está usted usando un argumento político», le dice un diputado a otro. No me digan que no es raro. Es como si un panadero acusara a un competidor de usar harina para hacer el pan. ¿En qué siglo vives, imbécil?, le diría el panadero modernizado a su colega anticuado. Mira que usar harina todavía… ¡Eres un inconsciente! ¡Y un… un… obsoleto! ¿No sabes que hoy en día el pan ya no lleva harina, ni el café cafeína, ni la leche nata, ni la política política? La literatura también se ve afectada, y se nos está descafeinando y desnicotinizando: novelones de setecientas páginas sobre el sobaco incorrupto de algún santo o los pedruscos de una catedral. La pobre gente necesita, a ritmo de diez páginas por trayecto, unos setenta viajes en metro para terminárselos. Un par de meses, siendo muy optimistas. Y luego se sienten obligados a decir que les ha gustado muchísimo. Que se lee de un tirón. Ya.
Tanto se nota en el ambiente esta despolitización y descafeinización de la vida y de la gente, que uno ha sentido, por momentos, algunas dudas de si no estaría equivocándose, pues al fin y al cabo uno se equivoca casi a diario. Pero después de leer todos los cuentos que Haroldo Conti tuvo tiempo de escribir antes de que unos sádicos nada ficticios y nada políticos entraran en su casa, le torturaran durante días y le desaparecieran para siempre, uno lo que siente es vergüenza por las dudas que ha tenido. Resulta que Conti, sabiendo que tenía muchas posibilidades de acabar como acabó, no se escondió en ningún sitio ni dejó de escribir nada. Y uno aquí, sentadito en la sexta fila del Gran Teatro del Primer Mundo, sin nada que temer más que una enfermedad o la llegada de la calvicie, resulta que tiene “dudas”. Verdaderamente, somos hijos de una época patética.
En todos los cuentos de Conti late, al fondo, la pobreza y el esfuerzo colectivo y hermoso por superarla. La esperanza y la desesperanza típicas y reconocibles de aquellos que viven siempre en la dificultad. Un chico, por ejemplo, vive solo con su madre porque el padre y el hermano mayor ya tuvieron un mal encuentro con un botón que los mató. El chico sabe que su destino es idéntico y que la madre se quedará sola. Su hermano, antes de morir, le pegó una paliza para convencerle de que no dejara la escuela. De que la terminara. Una pequeña esperanza, la escuela, dentro de la desesperanza general. Al principio parece que esos ambientes de máxima pobreza y de tragedia inevitable son sólo de los personajes, de ese chico en concreto, de esa madre. Pero a los dos o tres cuentos uno sabe que la pobreza y sus particularidades conforman la mismísima estructura del libro, el país común en el que viven todos los personajes de Conti. Incluso los ricos o burgueses, cuando aparecen, son hijos de ficción de eso que lo mancha todo, ese patio pequeño y sucio pero no exento de sueños y ternura del que se sale. Esa es otra cosa que une todos los cuentos de Conti: la ternura. El elemento que lo cose todo. Es una ternura ligada a un pasado originario, a una pequeña ciudad de provincias —Chacabuco—, a un paisaje en el que nada cambia nunca, repleto de tíos y tías que van envejeciendo, de abuelos, de árboles, de tejados de chapa ondulada de zinc, de ferrocarriles, del delta del Tigre y las esperanzas de la gente que parece que sean atraídas por esas aguas como si en lugar de aguas fueran irresistibles imanes líquidos para la luz de las estrellas —y quien haya estado en el Tigre sabe cómo es ese cielo— y para las esperanzas. Es increíble la cantidad de paralelos que me ha parecido verle a Conti con el catalanoaragonés Jesús Mon cada. El delta, los marineros melvinianos poseídos por la navegación, la gente de pueblo miserable y endurecida pero que le arrebata mejor que nadie la felicidad a mordiscos a la vida, las historias que cuenta la gente. Y también, claro está, su ternura. A veces la ternura aparece magistralmente por ausencia, a base de no ser dicha. El cuento más tierno del libro, que te salta las lágrimas casi a golpes, como alguien que te diera bofetadas, está escrito a la contraria: negándose a explicar la ternura. Es una simple escena en la que un sobrino y su tío se encuentran en una estación de tren, se toman algo en el bar de la estación y se dicen unas cuantas frases nada especiales. Se titula “Perdido” y tiene 5 páginas.
Abundan los personajes investidos de un sueño particular que los habita y que no se va nunca (que es lo mismo que le pasaba a Conti con la literatura). Hasta tal punto arrastran su sueño allá donde van que llegan a confundirse con él. Suelen ser personas mayores, que han arrastrado su sueño durante la juventud y, al empezar a hacer cuesta abajo la calle de la vida hacia la muerte, el sueño ya ha hecho dos cosas irreversibles con ellos: primero, convertirse en un fracaso, en un sueño que no llegará nunca; y segundo, metérseles en la piel para no dejarlos hasta que respiren por última vez. De manera que son personajes que viven atados a sus fracasos, pero que sacan de ellos una felicidad desgarradora e irremplazable mezclada con la pena y la fatiga. Hay, por ejemplo, un hombre que quiere inventar una máquina para volar y que llega a conseguir que cientos de habitantes de la ciudad —una ciudad de provincias, claro— estén pendientes de su vuelo. O un hombre enamorado de los trenes y las locomotoras, que las conoce y las ve a todas horas en su mente. O, en el mejor de todos los cuentos de Conti, el sueño obsesivo de un marinero contado por su hijo. De este cuento tengo miedo de decir una sola palabra más para no arrebatarles a ustedes ni una pizca del goce de leerlo. Sólo les informo de que se llama “Todos los veranos” y de que aparece en él una samba preciosa titulada en realidad Ao voltar do sam ba pero que Conti prefiere llamar Praça Onze.
Es posible que a ustedes no les guste Haroldo Conti. Si no les gusta a la primera, no hay nada que hacer. No se esfuercen. Tampoco pongan a parir al crítico diciendo que no les advirtió. Conti no era de los que quieren gustar a todos. No lo pretendió jamás. Lo último que se puede decir de él es que fuera pretencioso. La distancia entre su literatura y su vida es la mínima posible, y su discurso el más verdadero del que él era capaz. No hay artificio apenas, no hay trampa ni cartón. Si les gusta la literatura de artificio con sorpresa final y poca harina, tal vez no disfruten de Conti. La literatura de Conti es todavía de la que llevaba harina en cantidad fabulosa. Levadura de la buena, de la que sube y queda esponjosa sin que queden boquetes de aire por debajo de la corteza. Es un café aromático con cafeína de la que desvela y te pasas la noche leyendo aunque sabes que por la mañana, la puta mañana, tienes que levantarte y enfundarte una ropa para irte a trabajar.

Cultivos, Julián Rodrí guez

Mondadori, Barcelona, 2008. 158 pp. 15,90 €

La manera de narrar de Julián Rodríguez es indagatoria, llena de reflexiones sociológicas, filosóficas y literarias. Y no cuenta propiamente una historia, sino muchas historias que se entrecruzan y complementan, como su nos invitara a entrar en un puzle. A veces uno, como lector, tiene la sospecha de que se desliza por un libro de ensayo, pero, de pronto, al doblar la página, aparecen los reflejos de una narración híbrida, impura, como si el autor se moviera entre la reflexión y la narrativa y lo hiciera todo de manera fragmentaria. Su lenguaje, como si siguiera la pauta del decálogo que trazara en su día Antonio Pere ira, es un lenguaje corriente, lejos de los falsos brillos e impostaciones. También reflexiona sobre este particular. Porque lo curioso de Julián Rodríguez no sólo es qué cuenta ni cómo cuenta, sino que le muestra al lector los andamiajes en los que descansa su cocina literaria.
Pero en medio de todas esas idas y venidas, si hay un tema permanente de reflexión, un hilo conductor, éste tema sería el campo. Y más concretamente el campo extremeño, lo que queda tras su desmantelamiento. Como hizo Ber ger en su día al tomar como objeto narrativo a los campesinos centroeuropeos; bien es verdad que los relatos de Ber ger son estrictamente literarios, mientras que Julián Rodríguez se mueve en un ambiente híbrido, titubeante y nebuloso, como si él mismo no conociera el destino de su relato, o, mejor, como si jugara al despiste y obligara al lector a armar el rompecabezas que va trazando.
Se ha comparado la escritura de Julián Rodríguez con la de Sebald. Y, en efecto, hay muchos puntos de contacto entre ambas, aunque me parece más subjetiva y más leve, sin afán de tesis, la de Julián Rodríguez. Y, en ese sentido, acaso esté trazando un nuevo camino al incluirse como personaje literario, al tratar de explicar el mundo desde su biografía personal, es decir, desde su circunstancia.
Se hace en la últimas páginas de Cultivos un homenaje a Fernando Pérez, desaparecido editor de la Editora Regional de Extremadura, con quien Julián Rodríguez trabajó y a quien tiene por maestro. Fernando Pérez le aconsejó al autor que no se fuera de Extremadura, que mostrara desde esta región periférica su realidad al mundo. Y el autor cumple a rajatabla, en medio de sus titubeos, esta recomendación, lejos, por supuesto, de cualquier costumbrismo cuando nos habla de su padre, de su tía, de sus abuelos o de sus amigos, como lo hace en un magnifico relato titulado “Herida menos grave”, que tiene como protagonista a un viejo compañero de escuela. A este relato, acaso el más literario, le sigue “Sobre la añoranza del mundo rural”, en el que Julián Rodríguez rescata parte de una diatriba mantenida entre Pasolini e Italo Calvino a propósito del mundo rural.
Curioso y desconcertante en cualquier caso este autor que rompe con muchos de los clichés establecidos en el encorsetamiento de los géneros, que se adentra por caminos novedosos y que nos hace visible una realidad a la que con tanta frecuencia miramos por encima del hombro.

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Los cementerios civiles, José Jiménez Loz ano

Seix Barral, Barcelona, 2008. 368 pp. 20 €


José Jiménez Lozano ha rescatado, para fortuna de quienes por entonces gastábamos pantalón corto, uno de sus clásicos de hace treinta años. Parecía que 1978 era el momento ideal, con una Constitución que olía a pan reciente, los nacionalismos tirando de la teta nutricia del Estado, los fachas “jugando” al tiro al abogado rojo y la Iglesia de Tarancón fumándose el puro de la paz aconfesional. La nueva edición revisada por el autor no dejará indiferente a ningún lector interesado en conocer de primera mano, con una ingente cantidad de datos fielmente dispuestos en el aparato crítico correspondiente, nuestra ineptitud genética para diferenciar lo que es de Dios y lo que es del César.
Lozano, desde su retiro de provincias, por aquel convulso año de la transición ponía encima de la mesa el espejo común de tres siglos de historia de los muertos en España. Se empeñaba, y conseguía, desgranar el aserto de tono evangélico «por sus entierros los conoceréis». Aprendimos años ha que un civilización se asienta junto a una corriente de agua y decide permanecer por tiempo indefinido en aquel enclave cuando acota la tierra sagrada para enterrar. No puedo evitar recordar imagines terribles en la guerra de los Balcanes: Kosovares desenterrando a sus muertos por miedo a las represalias de los serbios y cargando con ellos al exilio. No tenemos que ir muy lejos ni dar marcha atrás en nuestra historia común de reyertas y revoluciones civiles e inciviles.
España, lejos de desenterrar y llevarse sus muertos, ha sido capaz de tirárselos a la cabeza. No dejamos descansar a nuestros muertos su merecido sueño eterno y los usamos como arma arrojadiza entre los unos y los otros. (Unos y otros que respondieron a lo largo de la historia en líneas generales a los binomios católico-monárquico y republicano-ateo.) Este país ha llevado sus rencillas a límites indecentes en lo tocante al asunto de los camposantos. La identificación plena entre casta hispánica y religión de nuestros padres ha amasado una manera de ser, vivir y enterrar tan enquistada que ha marcado para la eternidad una línea divisoria entre buenos católicos y malos raros, ateos y demás ralea librepensadora.
Jiménez Lozano saca su pluma de ensayista brillante y busca las raíces del conflicto ético, moral y político. Desde que en el siglo XVIII soplaran por estos pagos los tenues vientos de la Ilustración siempre ha habido un «espiritualmente inquieto» en cada casa. Solía coincidir con alguien con estudios que nos dejaba en herencia no sólo la biblioteca, sino especialmente un manojo de pensamientos en dietario, muy incómodos, porque ponían en tela de juicio no tanto la divinidad como el monopolio de la gestión trascendente por parte de la Iglesia católica.
Ilustración, Liberalismo, Positivismo, revoluciones gloriosas y republicanas, intentaron mover el péndulo de las costumbres de la gens hispanica unos pocos centímetros hacia la laicidad del Estado, la municipalidad de los cementerios, la libertad de cultos y la separación de Iglesia y Estado. Pero nos recuerda Lozano que en este país donde siempre se confunden ambas instituciones (donde seguimos tocando el chunda chunda nacional para procesionar santos) adolecemos de una «incurable impotencia para la laicidad y, por lo tanto, para la civilidad». Levantamos tapias para separar en nuestros cementerios a los buenos españoles de los otros, apestados francmasones, rojos y ateos. «Se es católico porque se es español».
Lo verdaderamente llamativo es que desde el primer entierro «por lo civil», el de Fray Antonio de Olabarrieta, convertido en el ciudadano José-Joaquín Clara-Rosa (su nombre civil procede de los nombres de sus cuatro mujeres de este y el otro lado del Atlántico), el heterodoxo tendrá que expresarse en los moldes mismos de la ortodoxia: cambiamos la Biblia por la Pepa (la Constitución liberal de 1812) y el incensario de los monaguillos por mozas lanzando pétalos, el Miserere por La Marsellesa. Como bien apunta el autor, «un pueblo amamantado por la Iglesia desde siglos no podía sino reaccionar con gestos y palabras clericales incluso contra esa Iglesia: no dispone de otra estructura mental y de sensibilidad».
La oportuna reedición de este esclarecedor ensayo viene justificado por el nuevo suspenso en una de nuestras asignaturas pendientes: la verdadera separación entre Estado e Iglesia. Azaña se precipitó cuando afirmó que España ya no era católica. Hoy sigue siendo católica. En una sociedad apenas practicante las listas de niños que bautizar y que comulgar aumentan engordando las arcas de la industria gastronómica, del despilfarro y la ostentación. La geste se muere por lo católico, porque un entierro civil es más triste, más «asignificativo» escribe Lozano.
Se diría que, treinta años después, ya no tanto en los muertos, pero sí en los vivos que se casan por lo civil, se divorcian, deciden o no abortar, no bautizar a sus vástagos que estudiarán Educación para la Ciudadanía sin interponer objeciones de conciencia algunas, seguimos percibiendo la continuidad del desafío entre los dos poderes, nuestros dos rostros más genuinos, irreconciliables.

Una lectora nada común, Alan Ben nett

Trad. Jaime Zulaika. Anagrama, Barcelona, 2008. 119 pp. 13 €


«Nunca le había interesado mucho la lectura. Leía, por supuesto, como todo el mundo, pero el gusto por los libros era algo que dejaba a los demás. Era un hobby, y la naturaleza de su trabajo entrañaba no tener hobbies. El jogging, cultivar rosas, el ajedrez o escalar, el aeromodelismo y decorar tartas. No. Las aficiones suponían preferencias y había que evitar las preferencias: excluían a la gente. No tenía preferencias. Su trabajo consistía en mostrar interés, no en interesarse. Y además leer no era hacer algo. Ella hacía cosas.»
Este es el punto desde el que parte la protagonista de esta deliciosa novela breve de Alan Bennett, un autor muy conocido en el Reino Unido como dramaturgo y guionista, y en nuestro país conocido sobre todo por la adaptación cinematográfica de su comedia The Madness of George III, bajo el título La locura del Rey Jorge.

Como dramaturgo, y también como novelista, Bennett es heredero de la comedia de costumbres a la inglesa. Sus personajes son parientes cercanos de los de Óscar Wilde, o de los de Noel Coward: aristócratas asomados al abismo de su propia falta de sustancia. Sus dos libros anteriores, publicados también por Anagrama, abundan en ese sentido. El insípido y presumido matrimonio Ransome, protagonistas de Con lo puesto (2003) recuerdan con su actitud a los lores y ladies que abundan en los salones que retrata Wilde. Como la de su antecesor, la mirada de Bennett es irónica y elegante, pero al mismo tiempo despiadada. Se preocupa por mostrarnos la hipocresía, el absurdo que recorre algunas existencias como si de una enorme grieta se tratara. En La ceremonia del masaje hay también algo de eso, aunque la mirada era aquí más directa: ya no es la aristocracia la que se encuentra en el punto de mira sino esa otra elite —más absurda todavía— encumbrada en su vulgaridad por caprichos de la fama. Cantantes, músicos, actores y hasta políticos convierten el entierro de un masajista bisexual en un vodevil impúdico, del que nadie escapa indemne. La ironía se vuelve sarcasmo y se aleja de Wilde para acercarse a Wodehouse o incluso a Tom Sharpe. El humor británico de Bennett se quita los guantes y se embarra. Es inevitable, por cierto, recordar al leerlo la película Death At The Funeral (Un funeral de muerte), de Frank Oz, cuyos personajes podrían perfectamente formar parte de sus páginas.
En esta tercera entrega del autor encontramos, sin duda, lo mejor de las anteriores. Ahí está la ironía, la elegancia, pero también la acidez de la sátira más mordaz. Un narrador medido, maduro, que despierta sonrisas e incluso carcajadas y unos diálogos brillantes en los que la Reina Isabel II es la absoluta protagonista. Una vez más, el cine acude con sus referentes: difícil al leer esta novela, para quien la haya visto, no tener en la cabeza The Queen, la estupenda película de Stephen Frears protagonizada por una Helen Mirren soberbia que parece un miembro más de la casa Windsor.
La soberana que retrata Bennett es menos sobria que la de Frears, pero maravilla del mismo modo la capacidad de ambos de acercarse a un personaje contemporáneo de tal relevancia —y vivo, para más inri— y ser capaces de ofrecer un retrato tierno, fiel —por lo menos en apariencia—, irónico pero no exento de crítica. Es inevitable preguntarse si la verdadera Isabel II habrá leído esta novela o visto aquélla película, y qué opinión tendrá sobre ambos. Del mismo modo, parece lógico preguntarse qué ocurriría si en España alguien intentara una proeza semejante con Juan Carlos I.
La historia que cuenta Una lectora nada común es la del común de los lectores. Sólo tiene de insólito su protagonista. En una visita a la biblioteca ambulante que se ha instalado en los jardines de su palaciuo, y llevada por la astucia de un bibliotecario ocasional, la mismísima Reina de Inglaterra se siente en la obligación de leer un libro que le han prestado. Lo hace, como todo en su vida, por profundo sentido del deber: si el bibliotecario le presta un libro, lo menos que puede hacer es dar cuenta de él. Aunque la Reina no cuenta con la capacidad de seducción de la Literatura. Y ese primer libro despierta en ella el placer de la lectura, como a veces ocurre. De ese libro pasa a otro, y a un tercero, y a otro más, hasta que descubre que la lectura es una casa enorme que puede recorrer con asombro y pasión.
Aunque ello, claro, tiene un precio. El primer damnificado de la nueva afición de la Reina es el duque de Edimburgo, su marido, quien de pronto tiene que sufrir algunas rarezas de su esposa: que vaya en el carruaje oficial leyendo sin descanso mientras finge saludar a la plebe. O que de pronto encuentre insípidos y cargados de tópicos los discursos de inauguración de Parlamento que debe pronunciar cada año. Que de pronto encuentre cargante su agenda rebosante de actos oficiales que no le dejan ni un día libre para leer. Por no hablar de los viajes, a los que ya no va la soberana sin llevar su caja de libros y su consejero en materia de lecturas. Hay nuevas costumbres de la Reina que son realmente engorrosas. En las recepciones oficiales le pregunta a todo el mundo qué esta leyendo. Lo mismo hace con el primer ministro, al que le presta libros y luego le interroga sobre ellos. Incluso llega a causar un problema diplomático con Francia después de poner en un apuro al Ministro de Cultura galo al preguntarle por Jean Genet.
La novela explica la fascinación de un lector —cualquiera de nosotros— por los libros, a la vez que nos hace testigos de un proceso de aprendizaje. Un aprendizaje, obvio es decirlo, que va mucho más allá del mero saber enciclopédico y que incide en la propia concepción del mundo, en la capacidad de asombro, en el nivel de conocimiento de uno mismo y de la naturaleza humana. Al leer, la Reina cambia de un modo tan profundo como inapreciable a primera vista. Se vuelve mejor persona. También más escéptica. Casi al final de la novela afirma: «No pones la vida en los libros. Encuentras la vida en ellos.»
Pero hay mucho más en esta novelita de Bennett. Hay sabiduría en el modo de tratar a todos los personajes, desde los intrigantes consejeros hasta el anodino amanuense al que la Reina nombra su lector de confianza. Y, por supuesto, en la protagonista, qué maravilloso personaje. Hay inteligencia en el debate que la historia de la soberana inglesa pone sobre la mesa: cuáles son los límites del poder real, qué tiene que ver la Literatura —la Cultura— con el poder, qué es lo que nos hace sentirnos inferiores a otros, qué papel juegan las elites culturales en la sociedad, qué consecuencias puede acarrear el nivel de vulgarización de las clases dirigentes…
Cuando leo un libro como éste, en que la inteligencia y el humor están ligados a la perfección, me dan ganas de hacer dos cosas. La primera es devorar toda la obra anterior del autor. Un impulso que, por fortuna, en este caso es fácil de cumplir, por lo menos en parte —las piezas teatrales no están traducidas al castellano, como tampoco sus diarios, titulados Writing Home—. La segunda es invitar al autor a cenar. Me gusta pensar qué cocinaría para una ocasión así. Algo sencillo o sofisticado. El vino sería tinto, eso seguro. Y luego habría té —inevitable— y conversación. En realidad, todo lo demás sería un mero pretexto. En fin.
Como veo poco probable que Alan Bennett viaje de Yorkshire hasta Mataró para charlar con esa otra lectora nada común que soy yo misma, tendremos que conformarnos con su faceta como monologuista teatral, que he encontrado en un asalto al YouTube:

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Muerte de tinta, Corne lia Funke

Trad. Rosa Pilar Blanco. Siruela, Madrid, 2008. 704 pp. 24’90 €

Parecía que con el colofón de Harry Potter, la séptima y última entrega de sus aventuras, el “fantasy” juvenil iba perdiendo fuelle. Pero no es así. Nada más lejos de la realidad a la vista de las últimas novedades editoriales y al aumento de lectores mayores de doce años y adultos aficionados al género. En este nuevo renacer del “fantasy tras la era Potter” destaca con fuerza una de sus coetáneas: la trilogía del Mundo de Tinta de Cornelia Funke, autora de otros libros infantiles y juveniles como El jinete del dragón o El señor de los ladrones.
«Así el Mundo de Tinta le enseñó con más claridad el propio… y le recordó algo que Mo había dicho tiempo atrás: ¿No piensas tú también que de vez en cuando se deberían leer historias en las que todo es distinto a nuestro mundo? Nada enseña mejor a uno a preguntar por qué los árboles son verdes y No rojos y por qué poseemos cinco dedos en lugar de seis» (p. 105).
¿No lo piensas tú? ¿No se deberían leer historias en las que todo es distinto? Estas palabras de Mo en Muerte de Tinta resumen los ojos con los que hay que acercarse al original universo creativo de la escritora alemana Cornelia Funke. Esperar la magia en todas sus páginas. El avisado lector se encontrará en este libro con historias en las que todo es distinto a nuestro mundo y a nuestra realidad cotidiana, pero en la que subyacen sentimientos universales como el amor, la paz o la justicia. El Bien y el Mal en su lucha interminable.
En Muerte de Tinta una ya casi adolescente Meggie y su padre Mo, convertido en un bandido valiente Arrendrajo oculto en el Bosque Interminable, se ven envueltos en una nueva aventura. Umbra se ha convertido en un lugar triste y pobre en el que malviven sus atemorizados moradores. Una ciudad en la que sin embargo se pasean con normalidad los hombrecillos de cristal, las mujercitas de musgo o las temidas Mujeres Blancas. El lector volverá a sufrir los sentimientos humanos y reales de sus personajes como el enamoramiento juvenil entre Meggie y Farid (que ha heredado su habilidad para jugar con el fuego del desaparecido y adorado Dedo Polvoriento), el amor incondicional entre un padre y una hija Mo y Meggie que siguen compartiendo el don de dar vida a los personajes de lo libros cuando leen en voz alta, el dolor de Roxana por la muerte de su amado esposo Dedo Polvoriento… Pero la mágica aventura proviene de la imaginación y fantasía del viejo Fenoglio y de las malas artes de un escritor sin escrúpulos que vende su arte por dinero, Orfeo. Un libro en el que los escritores no controlan las palabras hermosas y los terribles personajes que han creado y que mueven los hilos de este Mundo de Tinta sin su permiso.
Como en las otras dos entregas de la trilogía la lectura, los libros y las bibliotecas se convierten en la piedra de toque que da significado a este universo de tinta. Los libros son objetos bellos en los que trabajan escritores, encuadernadores e iluminadores para convertirlos en mundos posibles. En Muerte de tinta se oye entre sus páginas los ecos de libros como La historia interminable de Michael Ende, Las mil y una noches o Las aventuras de Robin Hood. Hay que advertir que el lector que nunca se haya acercado al este Mundo de Tinta, deberá empezar por leer el primer libro de la trilogía, porque en Muerte de Tinta se multiplican los personajes y los escenarios (el Castillo de Umbra, el Bosque Impenetrable), se enreda de nuevo una trama argumental ya de por sí muy elaborada, aumenta la riqueza expresiva en las descripciones, se precede de nuevo cada capítulo con una cita literaria, se crean nuevos nombres y nuevos personajes (el Príncipe Negro, Violante, Balbulus o los numerosos bandidos) y se duplican las acciones y las intrigas.
¿Se acaba la trilogía? La escritora Cornelia Funke, considerada por muchos como la J.K. Rowling alemana, cuando visitó Madrid para presentar Muerte de Tinta en junio, comentó que no descarta escribir una cuarta parte de este Mundo de tinta con lo que dejó a todos los presentes boquiabiertos y nuestra pregunta inconclusa. Por lo tanto no sabemos si con Muerte de Tinta acaba esta trilogía que comenzó ya en 2003 con Corazón de tinta, que se encuentra en las listas de libros más vendidos tanto en Alemania como en Estados Unidos. Libro del que además se espera que llegue pronto a nuestro país la versión cinematográfica realizada por Newline Cinema y protagonizada por el actor Brendan Fraser en el papel de Mo. Deseo expreso este último de la propia autora que ya le dedicó Sangre de tinta, el segundo volumen, por haberle servido de inspiración para el personaje de Lengua de Brujo.
En suma, una trilogía que no desaparece con este libro sino que quizás se multiplica en personajes e intrigas y que alimenta con éxito la sed de aventuras de todo buen lector aficionado a la fantasía ya sea joven o adulto.

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Correspondencia (1899-1904), Antón Chéjov / Olga Knip per

Trad. Paul Viejo. Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 192 pp. 13,46 €

Hay un corcho en el suelo, junto a la cama. Y resulta difícil no centrar en él la vista mientras, al fondo de la habitación, Anton no respira ya y Olga nos da las instrucciones precisas para transmitir al mundo la noticia de su muerte. Todo esto ya lo contó Carver y en el cuarto hay tres rosas amarillas. Tal vez en algún lugar del equipaje del matrimonio encontremos un telegrama o una de las muchísimas cartas que se escribieron en el tiempo que duró su relación. En todo caso, es la del relato una madrugada triste.
La Correspondencia (1899-1904) que se recoge en esta edición de Páginas de Espuma es una mirada a esas notas intercambiadas entre el escritor y la actriz, entre los dos amigos, entre los dos esposos en los últimos años de su corta pero intensa relación. La selección de cartas se organiza por años y, al final, se incorpora un apéndice con algunas de las misivas que Olga continuó escribiendo cuando Chéjov ya había muerto, recogiendo los sucesos de los meses inmediatamente posteriores a su fallecimiento.
Cuando Anton Chéjov conoció a Olga Knipper, actriz principal del Teatro del Arte de Moscú, ya era un escritor de reconocido prestigio y comenzaba a dar a luz sus fundamentales obras de teatro. Al principio, ambos mantuvieron en secreto su relación pero en 1901 contrajeron matrimonio. En el corto espacio de tiempo que estuvieron juntos, la distancia geográfica fue la tónica: él debía pasar parte del año retirado en Yalta, por sus problemas de salud; y ella en Moscú, por imperativo teatral.
¿Interesa leer cómo el autor de La gaviota llama «cachorrillo» a la que fue su mujer? Más bien poco y sin embargo, apartando lo personal hay un asunto de interés central en estas cartas: Chéjov escribiendo sobre teatro, sobre sus obras, y haciéndolo en la intimidad y con franqueza, comentando con Olga Knipper sus dudas, sus sugerencias de interpretación, la propia situación de ella en cada pieza. Por otro lado y dada la compleja relación entre ambos por la obligación profesional de pasar separados gran parte del año, es interesante también ver cómo la actriz de origen alemán se torturaba al considerar que hasta cierto punto ella debería estar con Chéjov, planteándose en más de una ocasión su carrera teatral, especialmente tras un traumático aborto.
Dice Olga: «Después de La gaviota sufrí físicamente, mientras que ahora, tras el Tío Vania, sufro moralmente. [...] Sólo sé una cosa: interpreté con pretensiones, y eso es precisamente lo más terrible». Responde Chéjov: «La obra es antigua y ya tiene un tiempo, además de muchísimos defectos de toda clase. Si más de la mitad de los intérpretes no han sido capaces de dar con el tono apropiado, eso quiere decir, por supuesto, que la culpa es de la obra».
Pregunta Anton: «Descríbeme, aunque sea, un solo ensayo de Las tres hermanas. ¿Hay algo que sea necesario añadirle o quitarle? […] No expreses aflicción en tu rostro en ningún acto. Enfado sí, pero no aflicción». Responde Olga: «Representamos dos veces el tercer acto. Nemiróvich estuvo observando y parece ser que va a cambiar muchas cosas. Stanisl[avski] ha organizado un horrible barullo en el escenario [...] Todos actúan con armonía y tenemos esperanzas de que la pieza vaya bien. Stanislav[ski] ayer habló conmigo en privado más de dos horas, analizó toda mi naturaleza artística, una vez más me reprochó mi incapacidad para trabajar, para repetir el mismo papel durante tres años [...] Es muy difícil para mí hablar con él; él se da cuenta de que no me inclino ante él, de que no me pongo en sus manos como actriz, y eso le saca de quicio. Es cierto, no tengo una confianza ciega en él». Replica Chéjov desde Niza: «Barullo en el tercer acto… ¿qué barullo? Hay ruido sólo a lo lejos, tras el escenario, un ruido sordo, confuso; y mientras, en escena estáis todos cansados, casi dormidos… Si echáis abajo el tercer acto estropearéis la obra entera y lograréis que me silben, ¡a mi edad!».
Escribe la Knipper: «Ignatov leyó un informe. Analizaron de una forma rara tanto al espectador como al teatro. [...] Dijeron por ejemplo que el teatro favorece la pasividad, ya que el espectador no puede mostrar un interés o desinterés acerca de lo que está ocurriendo en el escenario. [...] Por supuesto todos tendían a hablar mal del teatro contemporáneo y del repertorio. [...] El discurso lo cerraron con las palabras: “¡que viva la luz y que perezcan las tinieblas!”». Comenta Anton: «¡“El teatro favorece la pasividad”! ¿Y qué la pintura entonces? ¿Y la poesía? El espectador, al mirar un cuadro o leer una novela, tampoco puede manifestar su interés o su desinterés sobre lo que haya en el cuadro o en el libro. “Que viva la luz y que perezcan las tinieblas”, eso es una hipocresía de los rezagados, de los duros de entendederas y de los débiles».
El intercambio podría seguir y casi en cada carta encontraríamos la vida de esta pareja entreverada de teatro y literatura, de cotidianeidad y escena. Tras el corte abrupto que impone la muerte de Anton Chéjov, llegan las notas del diario de Olga Knipper, y en el fondo, a pesar de la comprensión infinita de su esposo que valoraba más que nadie sus capacidades como actriz, la siguiente despedida: «El teatro, el teatro… No sé si amarlo o maldecirlo…»

El infinito en la palma de la mano, Gio conda Belli

Premio Biblioteca Breve 2008. Seix Barral, Barcelona, 2008. 237 pp. 18 €

 
El Paraíso es aburrido pero afortunadamente dura poco; apenas los cinco primeros capítulos. Porque la verdadera historia de Adán y Eva no es la del Jardín del Edén, es la aventura que emprenden ese primer hombre y esa primera mujer expulsados al mundo. Gioconda Belli, reconocida poeta nicaragüense, elije esta primera historia de la Historia (acaso mitológica), basándose en los libros apócrifos excluidos de la Biblia, como argumento para esta novela con la que ha recibido el Premio Biblioteca Breve.
Tras comer los higos (que no la manzana) del árbol del Conocimiento, el Jardín se convulsiona, la tierra tiembla y se abre, y tras el cataclismo, Adán y Eva amanecen arrojados a una tierra inhóspita, donde los animales recelan unos de otros y ya no les obedecen, donde el cielo se apaga cada día, donde hay que matar para sobrevivir (Eva se resiste inicialmente militando en el vegetarianismo), y donde sus cuerpos, despojados de toda condición divina, experimentan con dramatismo las debilidades humanas; durante días sienten la boca y la garganta abrasando, como llenas de arena, y no saben por qué: así descubren la primera sed.
Despojada de toda teología, pese a las puntuales apariciones de esa voz omnipresente —Elokim, lo llaman— que como un Gran Hermano dicta unas leyes incomprensibles, y de una Serpiente cansada de tanta eternidad, que como un oráculo les habla oscuramente y con un discurso cargado de existencialismo acerca de ese Invisible Todopoderoso que se aburre, duda de sus propias creaciones, se equivoca, olvida y se marcha a crear nuevos mundos, la novela apuesta en cambio por la exploración de la condición humana en toda su desnudez, la reflexión sobre lo que significa perder la inocencia y hacerse cargo del conocimiento, y el sentido de la Historia: y el resultado es descorazonador, porque lo primero que intentan este primer hombre y primera mujer, al descubrir lo que son, es el suicidio.
Y sin embargo, en el idílico Jardín donde nada transcurría salvo las aguas mansas del río, Eva se sentía llamada, en sueños, por una multitud de seres que, iguales que ellos, se destruían y se regeneraban avanzando sin detenerse, y la imagen la subyugó tanto que quiso darles la oportunidad de existir. Así Eva aparece como la encargada de engendrar y desencadenar la Historia, frente al timorato Adán, ajeno a la curiosidad y temeroso de todo. Hasta que el relevo de la Historia lo toma su hija Aklia, en un final conmovedor: tras matar Caín a su hermano Abel por celos incestuosos, parte al exilio con su hermana gemela Luluwa, y Adán y Eva se quedan solos con su hija pequeña, la fea y callada Aklia, que parece sufrir un retroceso tras la pérdida traumática de su hermano gemelo Abel, y se va despojando poco a poco de toda humanidad. Un buen día Eva decide llevar a su hija a la playa, y allí la niña simiesca corre y salta feliz de nuevo. En el camino de regreso, madre e hija se topan con una manada de grandes primates, y la niña se suelta de la mano de Eva para unirse a ellos, dando comienzo, desaparecido Dios, a la verdadera Historia. Una Historia que habrá de llevarnos al punto de partida, al reencuentro del anhelado Paraíso, nostalgia que tanto daño nos ha hecho.
Belli ha llevado a cabo un laborioso trabajo de documentación para dar vida a esta primera historia —una bicoca para cualquier escritor—, y así lo hace constar en una introducción y una bibliografía incluida al final, a mi juicio prescindibles. Tal vez se podía haber contado mejor (y en algunos pasajes el lector tiene realmente esa sensación), pero es con todo una aventura apasionante. Tan apasionante como vivir.

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¿Va a arder París…? Crónicas cosmopolitas, 1892-1912, Rubén Da río

Veintisiete Letras, Madrid, 2008. 256 pp. 20 €.

El nicaragüense Rubén Darío, padre del modernismo, ocupa ese lugar privilegiado que le ha otorgado la historia, por el valor de su poesía y de sus cuentos, aunque buena parte del resto de su obra, casi dos tercios, como aclara el editor de la presente selección, se encuentran en su prosa, como por ejemplo, ¿Va a arder París…? Crónicas cosmopolitas, 1892-1912, que escribió para algunos periódicos importantes del momento, en realidad, un conjunto no menos singular de crónicas de actualidad, de política, de costumbres y aquellos aspectos que le resultaban al poeta más cosmopolitas. Octavio Paz afirmó que «la imaginación de Darío tiende a manifestarse e direcciones contradictorias y complementarias y de ahí su dinamismo». Darío es importante por su personalidad, por el alcance continental de sus actividades, porque en su fama internacional llegó a ser como el catalizador de los elementos artísticos de su época. También puede considerarse como el primer escritor profesional de Latinoamérica y gracias a su ejemplo, como señala Jean Franco, «la literatura hispanoamericana desarrolló una preocupación más seria por la forma y por el lenguaje». Gonzalo Torrente Ballester escribiría que «Muchos de los temas poéticos de Rubén, aquellos, precisamente, manidos por sus seguidores, han perdido hoy interés y atractivo. Pero en su obra amplia y compleja, son muchos los poemas que conservan el encanto y la emoción, cuyas audacias aún nos asombran y cuyos conceptos nos conmueven. Rubén Darío sigue siendo uno de los grandes poetas en lengua castellana». O como el mismo Borges añadiera: «Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia particular de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará».
La reciente edición de ¿Va a arder París…? Crónicas cosmopolitas, 1892-1912, que anota Günther Schmigalle, pone de manifiesto el valor que, casi cien años después, aún se le otorga al escritor quizá en una de sus facetas menos conocidas o editadas hasta el momento: colaborador en prensa durante buena parte de su vida, desde los quince años en su Nicaragua natal hasta su última entrega, en La Nación de Buenos Aires, en agosto de 1915. Los ingresos de sus colaboraciones le permitían dedicarse a la poesía, la vocación de su vida, y por la que ha pasado al plano más internacional, aunque no descuidó su prosa tanto periodística como poética. Para Schmigalle, la crónica modernista de Darío es un género en el cual se produce el encuentro entre la literatura y el periodismo, la fusión de lo subjetivo y lo factual y, añade, que un rasgo estilístico característico que comparten sus crónicas y su poesía son las abundantes alusiones y referencias empleadas por el autor para evocar imágenes que estén presentes en la mente del lector.
El editor distingue varios tipos, entre la vasta producción de crónicas escritas por el nicaragüense, incluso, diversos géneros: lo que él mismo calificaba como «crónica filosófica» que después trasladaba a sus libros y que, siempre, partía de un suceso ocurrido, vivido o presenciado por el cronista, lo comenta, amplia y desarrolla con abundantes asociaciones literarias, históricas o personales para llegar, en ocasiones, a conclusiones con fines sentenciosos. El lector encontrará en esta selección una amplia variedad de temas, y algunos textos inéditos, uno de los primeros publicados en Costa Rica que tituló Por el lado del Norte, escrito en 1892, con motivo de la guerra civil chilena; y otro más de sus primeras entregas que titula La agitación recién pasada, en realidad, el testimonio de una de las primeras visitas de Darío a París, en 1893. Como es sabido, su primer viaje a la ciudad del Sena fue descrito y recogido en el volumen Los raros (1896), retrato de famosos y desconocidos escritores, entre los que sobresalen, y se editan en esta edición, Poe, Verlaine y, finalmente, Martí. Amplió su visión sobre otros escritores en una posterior entrega, Opiniones (1906). En realidad, el París del nicaragüense que podemos rastrear en las páginas de ¿Va a arder París…? tiene un doble carácter: de un lado, es una ciudad real, vista por el cronista y, por otra parte, es la ciudad de un ideal que representa esa unión entre el arte y la vida, la poesía y la realidad que preconizaba el poeta. Queda constatado que, en su primera visita a París, conoció a Verlaine, trabaría amistad con el poeta griego Moréas y, sobre todo, realizó múltiples lecturas que le llevarían posteriormente a las crónicas que reunió en Los raros. La desilusión por la Ciudad Luz vendría posteriormente, a partir de la segunda mitad de 1900, cuando Darío es enviado como corresponsal por La Nación, ha pasado la emoción de la Exposición Universal y ya realizado su viaje por una Italia no menos singular.
Varios escándalos provocan la curiosidad del poeta que lo convierten en cronista excepcional. El primero de ellos, el asunto Vera Gelo, la estudiante rusa que un 19 de enero de 1901, en el Colegio de Francia, dispara contra el profesor Émile Deschanel; otra estudiante y la señorita Zelenine, se interponen y el disparo hiere a esta última. La frustrada asesina visita a la amiga en el hospital, el hermano de Zelenine pretende casarse con Vera que, inesperadamente, volverá a Rusia hasta que regresa a París en 1902 y es pescada en el Sena por un carpintero cuando intentaba suicidarse. El segundo, recuerda a Leca y Manda, dueños de la innominable Casque d´Or, y la batalla que entre ambos entablan con sus respectivas pandillas por el amor de una mujer, una belleza rubia que ha dejado a uno para irse con el otro. La prensa bautiza a la dama como «Casco de Oro» y a los pandilleros como los «Apaches de París». La publicidad que origina el episodio convierte en famosos a los tres protagonistas del suceso: Manda y Leca serán condenados y trasladados a la Guayana junto a otros quinientos presidiarios y la bella Casco de Oro ingresa en la cárcel de mujeres de Saint-Lazare; pero tras conocer el suceso, un conde español ofrece 300.000 francos como aval para que la heroína salga de la cárcel; posteriormente pretende ser actriz, actuará como domadora de leones y, en una exposición de sus artes, es apuñalada por un desconocido que pretende vengar a su maestro Manda. Sobrevive al intento de asesinato, se casará con un obrero en París, donde moriría en 1933. Jacques Becker la inmortalizaría en una notable película de 1952. Un nuevo escándalo sacude al París de 1902, en los personajes de Teresa, Eva, Federico y Cotarelo, cuando se abre la famosa caja fuerte de la familia Humbert; en esta ocasión, Darío emplea un humorismo mordaz y una sátira feroz contra la estafadora Thérèse Humbert quien había hecho creer, durante más de veinte años, a la sociedad parisina ser la heredera de unos cien millones de francos, cuando en realidad la caja estaba vacía. Un nuevo y último caso, el de M. Syveton, ocurrido en noviembre de 1904, cuando el tesorero de la Liga de la Patria Francesa y diputado por el 2º distrito de París, abofetea en plena sesión parlamentaria al ministro de la guerra, el general Louis André. Despojado de su inmunidad se esperaba el juicio cuando el político apareció muerto junto una tubería por donde se escapaba el gas. Darío se preguntaba en su crónica, ¿se trata de un accidente?, ¿o de un suicidio? , ¿o de un asesinato? La esposa llegó a afirmar que se trataba de un suicido porque Syveton había estado abusando sexualmente de su hijastra durante años. Las teorías en torno a esta muerte se sucedieron a lo largo de los meses siguientes, y en su mayoría, pese a múltiples interrogantes, se aceptó la tesis del suicidio.
Los aires de cosmopolitismo que podemos apreciar en los textos de Darío no significan, en medida alguna, que el poeta y cronista descuidara las cuestiones relativas a su América; parte de sus crónicas de juventud se refieren a temas americanos autóctonos, como por ejemplo, Namuncurá que se selecciona en esta edición, el último cacique de la pampa argentina. O Folklore de América Central. Representaciones y bailes populares de Nicaragua, sobre los Moros y Cristianos, La Yegua, el Toro Guaco. En una reciente edición sobre la poesía del nicaragüense, Eduardo Becerra, escribía que «la crónica periodística y la narrativa de ficción fueron los dos géneros elegidos por Darío para desarrollar su obra prosística (…), sus profundos análisis del momento crítico vivido por España tras la derrota en Cuba, sus continuos viajes a Francia (…), la degradación moral, el materialismo y la injusticia social (…) que, paralelamente, a su obra poética, se orientó hacia la reflexión sobre la necesidad de forjar una conciencia hispanoamericana como medio de construcción de un porvenir para su tierra». El lector no dejará de encontrar curiosas afirmaciones y revelaciones entre las crónicas y artículos de un Darío que investigaba en profundidad los temas que abordaba: por ejemplo la relación Gorki - Lenin, las repetidas estancias del pensador y revolucionario ruso en París, su amistad con Amado Nervo, o la animadversión que tenía el pintor belga Henry de Groux hacia el revolucionario Lenin.

La Andalucía del exilio, Eva Díaz Pé rez

Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2008. 287 pp. 18 €.

 

Cuando uno empieza a interesarse por la historia de los exiliados por la Guerra Civil, debe acercarse inevitablemente a obras de referencia fundamentales como El exilio republicano español de 1939, dirigida por José Luis Abellán. Pero este y otros estudios, que abrieron el camino de la hoy creciente bibliografía sobre el exilio, adolecían a veces de cierta cadencia de inventario, de un aire de panorama de lápidas en las que apenas se asomaba a veces algunos epitafios apresurados. Estos libros fundacionales han sido sin duda fundamentales para rescatar la memoria de tantos desterrados, pero hacía falta aplicar el fuelle del ensayo para insuflar vida a tantos nombres que poco a poco van recuperando sus perfiles humanos. Eso es sin duda lo que ha pretendido Eva Díaz Pérez en La Andalucía del exilio. Este libro recopila una extensa serie de semblanzas ya publicadas en la edición andaluza de El Mundo que abarcan toda una serie de inolvidables personajes que nacieron en Andalucía o que se arraigaron allí el tiempo suficiente como para llevarla consigo en las maletas del destierro. Eva Díaz Pérez, finalista del Nadal de 2008 con El club de la memoria, aborda todas las semblanzas con una técnica similar: recoger una anécdota significativa y recrear el momento en el que el retratado contempla los pasos que ha dejado tras de sí, recorriendo de nuevo el hilo que ha ido tendiendo por el laberinto del exilio: porque si algo tienen en común este conjunto de exiliados es un empeño impenitente de dejar memoria de su desventura. El origen periodístico de estas pequeñas crónicas conlleva a veces cierto desaliño estilístico y una reiteración en determinados motivos e imágenes que es pertinente en el periódico pero innecesaria en el libro. Sin embargo, es este mismo origen lo que le da sus mayores virtudes: trazo eficaz y adjetivación certera, y una selección impecable de aquello que hace fascinante a cada una de las vidas que pasean por estas páginas. Caben figuras muy conocidas, como Rafael Alberti, Antonio Machado o Niceto Alcalá-Zamora, y muchas otras que la pericia investigadora de la autora ha rescatado del olvido, o, al menos, de la penumbra: Miguel Pizarro, amigo de Lorca y novio de María Zambrano, que murió en Brooklyn tras sobrevivir a la Guerra Civil, al terremoto de Osaka, a y a un asalto de bandoleros manchúes en el Transiberiano; Pedro Garfias, inmenso cantor del destierro que mantenía largas conversaciones con un tabernero inglés sin aprender jamás su lengua; Matilde Cantos, que regresó del exilio para nutrir la oposición activa al antifranquismo y murió ignorada en una residencia de ancianos por no venderse al lustre hipócrita de la nueva política que se avecinaba. Los exiliados no interesan sólo por su propia peripecia, sino por su calidad de testigos, como Manuel Chaves Nogales, lúcido cronista de la rendición francesa ante el nazismo; o el médico libertario Pedro Vallina, que cuenta cómo vio a un grupo de ciegos que escapaban cogidos de la mano de un hospital cercano a la frontera preguntando cuál era el camino a Francia.
La Andalucía del exilio se cierra con un relato no por conocido menos estremecedor: el paseo por el desfiladero de Federico García Lorca, que tomó el último tren a Granada desoyendo todo tipo de advertencias e invitaciones para huir de la probabilidad de la muerte. Este epílogo, este exilio que no fue, parece decirnos que al menos a aquellos que sufrieron la tragedia del destierro les quedaron dos pequeños tesoros: la oportunidad de reconstruirse a sí mismos en otro lugar y el tiempo para dejarnos el recuerdo de la faz miserable del mundo
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El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza, Werner Holzwarth / Wolf Erl bruch

Alfaguara, Madrid, 2008. 24 pp. 15,95 €


A finales del curso académico que ha quedado atrás, tuve la oportunidad de contarles la historia del topo que quería saber quién había hecho aquello en su cabeza a un grupo de alumnos de cuarto de la ESO —es decir, chicos y chicas de 15 años—. Me escucharon con mucha atención. Cuando terminé, mientras aún se reían, uno de ellos me preguntó: «Y ese cuento, ¿qué enseña?».
Les respondí que el topo enseña muchas cosas pero, sobre todo —y a mi juicio— dos: a reírse con un libro en las manos y el significado de la dignidad individual. El cuento del topo les dice a los niños aquello que a menudo no se les puede decir en voz alta: si alguien te hace algo que consideras terrible, no te quedes parado lamentando la afrenta recibida: deja claro que no estás dispuesto a conformarte. No es un mensaje fácil de transmitir en los tiempos que corren. Por eso el topo es un personaje literario controvertido, nada complaciente, nada «políticamente correcto», sino todo lo contrario. He aquí su interés. O uno de ellos.
Nos encontramos ante un clásico de la moderna literatura para niños, escrito e ilustrado hace más de veinte años por dos autores alemanes. Holzwarth, el escritor (1947) y Erlbruch (1948), uno de los mayores ilustradores de nuestro tiempo, Premio Andersen —el denominado «Nobel de la literatura infantil»— en el año 2006. La historia que aquí cuentan conquista a los niños por el acierto y la sencillez de su propuesta, pero también por el carácter de su protagonista, ese topo tan poco conformista que no para hasta saber quién diantre le ha hecho «aquello» en la cabeza.
Para entrar en harina argumental: «aquello» es una caca. Una monumental mierda que le ocupa toda la cabeza y le corona de un modo humillante y asqueroso. El topo descubre semejante tocado una mañana, nada más salir de su madriguera. Alguien le ha distinguido de ese modo, y desea averiguar quién ha sido tan irrespetuoso. Pero no tiene ni idea de cómo ni por dónde comenzar a buscar. Para tratar de encontrarle abre una investigación agotadora, que consiste en preguntar uno por uno a todos los animales que va encontrando a su paso: «¿Has sido tú quién me ha hecho esto en la cabeza, señor caballo…, señor cerdo, señora cabra…?»El topo podría habitar en una granja, a juzgar por quiénes son sus vecinos. Uno por uno, los animales encuestados tratan de demostrar su inocencia de un modo simple y rotundo: lanzando frente a las narices del improvisado detective una muestra suficiente de sus propios excrementos como para disipar toda duda. En la vida se ha visto fase de presentación de pruebas más contundente. Así, el caballo, la vaca, la cabra, la liebre, el pájaro… todos defecan frente a los ojos del enojado topo-detective, y uno por uno van demostrando su falta de culpa en el estropicio.
Cualquiera que haya contado cuentos alguna vez sabrá el júbilo con que los pequeños reciben las cuestiones escatológicas. Mucho más en este caso, donde la escatología no ahorra detalles y se nos muestra en todo su esplendor, aunque sin nombrarse explícitamente ni una sola vez. El lector irá descubriendo las diferencias que existen entre una diminuta caquita de cabra o una enorme boñiga de caballo, por no hablar del emplaste que desde el cielo lanzan las aves o de la pastosidad maloliente que expelen los cerdos y al terminar la lectura será todo un experto en excrementos animales. La identificación con el lector que debe pretender toda historia está aquí clarísima, palpable: se dirige a un recetor en pleno proceso de descubrimiento de su propio cuerpo o que tal vez esté aprendiendo también —con la dificultad que la cuestión entraña— dónde demonios se hace «aquello». El éxito por identificación con el personaje y el tema está, pues, garantizado. Y la risa también. La historia ya contiene grandes dosis de sentido del humor, pero si ayudamos un poco con algunas entonaciones a la pregunta repetitiva del topo y ciertas onomatopeyas —que el texto, y esta nueva edición con desplegables y pestañas ayudan a enfatizar— cada vez que aparece «aquéllo», el cuento se convertirá muy pronto en uno de los favoritos de los lectores, en un éxito garantizado.
¿Y cómo acaba la investigación? ¿Resuelve el topo su incógnita?
Por supuesto, pero como toda buena historia de intriga, esta tiene también sus especialistas. Se trata de dos moscones verdes, expertos en el análisis científico de todo tipo de excrementos, quienes dictaminan a quien pertenece el molesto asunto. Y lo hacen con una precisión que recuerda a los más reputados investigadores de la ficción. En un pispás dictaminan que el autor del crimen sólo puede ser uno: Napoleón, el perro del carnicero. Resuelto el miserio, sólo falta el desenlace, que se haga justicia. Y esto llega cuando el topo, con la dignidad, la seriedad y la diligencia que le ha caracterizado durante todo el relato, le devuelve a Napoleón «aquello» que le hizo en la cabeza. En este caso, parece lo más justo. Sin triunfalismos ni alaracas. Sólo que la venganza del topo es una basurita minúscula en la cabeza del enome perrazo Napoleón. Sin embargo, poco importa eso: rematada la faena, el topo regresa a su madriguera, más digno y crecido que nunca.
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Botchan, Nat sume Soseki

Traducción de José Pazó Espinosa. Impedimenta, Madrid, 2008. 238 pp. 19 €.


Sin armar demasiado ruido, la editorial Impedimenta lleva tiempo publicando primorosamente, uno tras otro, una serie de libros espléndidos y necesarios. Botchan, del japonés Natsume Saseki (pseudónimo de Natsume Kinnosuke), viene a cubrir un importante hueco para el interesado en la moderna literatura oriental y para el lector en general.
La novela relata las experiencias de Botchan, un joven profesor capitalino, recién escudillado, en su primer destino lejos de Tokio. Natsume Soseki (1867-1916) contaba casi treinta años cuando fue destinado como profesor a un lugar de la isla de Shikoku llamado Matsuyama que era, en aquella época, algo así como una aldea infame más allá de los confines del mundo civilizado. A los cuarenta años aproximadamente se propone escribir una novela tomando como base aquel episodio biográfico, aunque rebaja considerablemente tanto la edad del protagonista, que pasa a tener 23 años, como el tiempo de estancia (de aguante, podríamos decir) que en la novela dura apenas un mes frente a los casi dos años de la realidad. Ambas decisiones contribuyen a formar una especie de caricatura cómica de aquel episodio vivido por el autor, al permitirle por un lado subrayar el candor y el continuo asombro propio de la primera juventud, y, por otro, condensar las anécdotas de aquella estancia en provincias, que se prolongó durante dos cursos escolares, en unas pocas semanas.
Estamos, por tanto, ante un muestra de lo que en occidente se entiende como una novela de iniciación, es decir, un relato en el que asistimos al descubrimiento del mundo por parte de alguien que comienza asomarse, generalmente de manera traumática, a la realidad de la vida adulta y va tomando contacto, no sin dolor, con la traición y el cinismo y todas las oscuras reglas, nunca pronunciadas, que rigen la deriva de las sociedades. Esto ha hecho que la novela de Soseki haya sido comparada con El guardián entre el centeno de Salinger (lo hace Andrés Ibáñez en su estupenda introducción al texto) o con Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain. El lenguaje utilizado por el autor de Botchan, anglosajón y sorprendentemente moderno para lo que cabría pensar de un texto japonés de los albores del siglo XX, contribuye al establecimiento de este tipo de analogías, y haría pensar incluso en otras novelas de iniciación, desde John Fante hasta el mismo Tobias Wolf pasando por la genial Muerte a crédito de Louis-Ferdinand Céline, si no fuera por el registro humorístico desde el que Soseki nos cuenta su historia.
El tema, además, podríamos decir que es el de la distancia entre teoría y práctica, el de la discordancia entre cómo nos han explicado que deberían funcionar las cosas y cómo lo hacen en realidad una vez que se salta al ruedo de los días y las luchas. Y a estos desajustes todavía hay que sumar otro: el del contraste entre la mentalidad tokiota, basada en la honorabilidad y la delicadeza, y el de la bárbara provincia. En este conjunto de desemejanzas se basa tanto la comicidad de la novela como el profundo poso de descreimiento que encierra. Se trata de colocar en oposición mundos y códigos diferentes. Y esto puede hacerse en diversos planos y con distintos grados de zafiedad en inteligencia. Con mayor grosor de brocha, allí estarían, formando parte de esta estrategia del desajuste, Tarzán en Nueva York, La ciudad no es para mí, Borat… pero también el drama de Juan Pablo Castel, protagonista de El túnel de Sábato, cuando pretende que funcione de acuerdo con la fría y cuadriculada lógica todo la irracionalidad carnal y vertiginosa del amor humano. Y también formaría parte de esta literatura de desajustes una novela como La tesis de Nancy, del injustamente medio olvidado Ramón J. Sender, sólo que en esta ocasión es el propio lenguaje el que no encaja con la forma estática que le atribuyen los libros, los diccionarios y las gramáticas.
El personaje de Botchan es el verdadero hallazgo de la novela. El lector admira y rechaza a partes iguales su pretensión de integridad y rectitud, la identificación y el alejamiento se suceden a lo largo de la lectura, como en vaivén: la distancia que establecemos con un sujeto a veces tan repelente nos permite reír sin miramientos, pero casi simultáneamente, sin apenas darnos cuenta, estamos empatizando de nuevo con su ternura y su soledad.
De algún modo podría decirse que Botchan es una novela picaresca al revés. Aquí la ingenuidad expuesta al engaño no está representada por la sociedad, sino que es ésta la perversa, y es su cinismo, su hipocresía y su absurda ridiculez la que una y otra vez tiende sus trampas a un personaje tan lleno de candor que apenas comprende lo que se cuece a su alrededor. Probablemente, para Soseki, Botchan representa al Japón tradicional y herido, y los catetos de la isla de Shikoku, sin educación ni integridad ni principios, el bárbaro occidente que, por aquellos días de la era Meiji, empezaba a imponer sus usos y sus reglas en el milenario imperio. En tal caso, el lamento estaría escrito ya demasiado tarde y con el lenguaje y los modos de los invasores.

El descubrimiento del espíritu, Bru no Snell

Trad. Joan Fontcuberta. Acantilado, Barcelona, 2008. 534 pp. 29 €

 

Hay miradas sobre el pasado que son en realidad planteamientos sobre el presente y propuestas para el futuro. Así sucede con la mayor parte de las obras que han atendido a la cultura clásica como la monumental historia de Mommsem que no es más que un trasunto de la política bismarckiana o la noción de virtud que subsiste en el paideia de Jaeger, un testigo de la posguerra. En esta línea se encuentra El descubrimiento del espíritu del filólogo alemán Bruno Snell en traducción de Fontcuberta, un texto que se sitúa dentro del pensamiento pan europeísta de la segunda guerra mundial en la línea de las ideas del Conde Kalergi y que recoge la mayoría de las premisas del pensamiento neokantiano de autores como Cassirer.
El descubrimiento del espíritu se encuentra, en consecuencia, en esta línea de pensamiento, próximo en ocasiones a la Filosofía de las formas simbólicas. No hemos de entender espíritu en términos de materia intangible, el alma citada en alguna ocasión, sino leerlo a la luz de los planteamientos epistemológicos de Kant y sus epígonos. Un descubrimiento que el autor empieza a cifrar en la épica Homérica y de la que nos propone como herederos directos, obviando que el mediterráneo es y era más amplio de lo que suelen afirmar los helenistas. En consecuencia es el entendimiento humano el motivo al que Snell dedica buena parte de este libro, entendido en términos cognitivos. Además, la noción misma de descubrimiento, un término que el propio autor reconoce como conflictivo, lleva implícita otra idea como es la de progreso. El entendimiento que han forjado y modelado los poetas a través del hallazgo expresivo del yo en colisión con la naturaleza, la condición abisal infranqueable del romanticismo decimonónico que el autor rastrea en los textos orientándolo hacia el nacimiento del dualismo, el conflicto entre el alma y el cuerpo.
En los diecisiete capítulos de este libro, que abarcan desde el concepto de hombre en Homero, estudios sobre la tragedia griega, el origen de la conciencia histórica en Herodoto en Tucidides, la religión griega o poetas como Píndaro hasta los líricos griegos arcaicos el autor no rastrea sino articula las premisas que le llevan a sostener una conciencia moral en el ser humano y, en consecuencia, una ética universal, tal y como señala a partir de Medea: «en estos versos se expresa por primera vez una conciencia moderna de la moral, psicológica e individualista que acabará imponiéndose: la moral se presenta como un movimiento interior, como un freno» o «la acción es posible sólo si el mundo discurre por cauces racionales, y es racional que la injusticia no consiga sus fines».
La competencia de Snell como helenista, posiblemente uno de los más sólidos del siglo XX, le lleva a realizar y presentar un estudio exhaustivo en el que no sólo se encuentran la filología sino, como ya he dicho anteriormente, aparecen planteamientos que conciernen a lo ético y lo antropológico, planteamientos discurren de forma paralela a los grandes conflictos en los que se movió la antropología planteando problemas parecidos a los que se planteó por ejemplo Levi-Strauss en su obra El pensamiento salvaje, pero con soluciones absolutamente divergentes a la hora de enfocar las «sensibilidades primitivas» y de enfrentar el nacimiento de la ciencia, dado que como ya he dicho, el autor permanece en la lógica del progreso, aunque con ciertas matizaciones que le llevan a valorar como logros ciertos momentos del pasado. Con todas las limitaciones y consecuencias negativas que puede llegar a tener un pensamiento como es el idealismo del romanticismo aplicado a la Grecia clásica (veáse Burguer, véase El pensamiento del afuera), este libro es un monumento de la historia de las ideas del siglo pasado por su precisión, por la sabiduría que lo articula y por la posibilidad de acercarnos como un pasado reciente a Herodoto, Safo, Píndaro, entre otros. Un libro que también podría llamarse, dado el motivo que lo orienta, Del nacimiento de la subjetividad. Porque para Snell Europa, por extensión Occidente en su terminología, la fundan los poetas.

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El ladrón de chicles, Douglas Cou pland

Trad. Bruno Menéndez. El Aleph, Barcelona, 2008. 288 pp. 18 €

Hace más de quince años cayó en mis manos una revista infantil en cuya portada aparecía el ratón Mickey leyendo una revista sobre cuya portada otro ratón Mickey algo más pequeño también figuraba leyendo una revista. En dicha portada aparecía una vez más él mismo, en pequeño, leyendo una revista, y así hasta el abismo. Me quedé tonta mirando y volviendo a mirar ese fascinante y sencillo recurso visual, que Francia en su día apodó mise en abîme.
Un recurso similar aparece en ocasiones en la novela El ladrón de chicles: en ella, Roger, el personaje principal masculino, representante por antonomasia del colectivo de los fracasados, está escribiendo su vez la novela Glove Pond, a la que iremos accediendo por entregas a lo largo de la lectura del texto de Coupland. Glove Pond tiene como protagonistas a dos escritores, Steve y Kyle, de ahí que en ocasiones también nos asomemos a fragmentos del libro que está escribiendo este último. Todas estas voces narrativas, sumadas a las voces en primera persona de Bethany, la joven gótica amiga de Roger, su madre Dee Dee, Joan y algún otro personaje, y junto a los textos protagonizados por una tostada de pan de molde que en principio creemos escritos por Bethany, nos proporcionan, aparte de bastante placer estético, cierto vértigo, pues provocan un pequeño abismo encuadernado.
Aquí llega el momento de calarse las gafas de cerca y preguntarle al texto de Coupland si todas esas voces son convincentes, si su autor logra generar un tono diferente en cada una de ellas, si la novela Glove Pond posee un tono distinto al de DeeDee o Bethany. La respuesta, para ser sincera, no la sé y, en un momento dado, tampoco me importa en exceso, pues me conformo con la inteligencia que se desprende a lo largo de todo el conjunto de textos contenidos en El ladrón de chicles, principalmente porque nos ponen en contacto con un saber preciso y dolorosamente fino acerca de la cotidianidad que vivimos los habitantes de países industrializados. Ejemplos como «A veces, me da la sensación de que estamos manteniendo relaciones sexuales sin condón mano a mano con el siglo XXI, incercambiando fluidos con una era (…)», o como «Mayoritariamente, el mundo está hecho de personas como yo pululando por ahí. Eso es lo que hace la gente: deambular, deambular y deambular. Por mucho que me cueste afrontar que soy como cualquier otra persona, ese dolor se compensa con el consuelo que me produce el ser un miembro de la raza humana» nos invitan a seguir leyendo con fruición el relato de las vidas aparentemente anodinas de Roger, DeeDee, Bethany y los demás.
La lectura de El ladrón de chicles genera un placer asociado no precisamente al descubrimiento de mundos y verdades desconocidos, sino más bien al reconocimiento de una realidad que nos toca a todos de cerca más de lo que desearíamos, el mismo placer que obtendríamos si, al viajar a Nueva York por primera vez, nos fijáramos en las bocas de riego o en el vapor que sale por las alcantarillas y que tantísimas veces hemos visto ya en formato bidimensional. El peligro de esta novela es que, al estar hermanada con tantas toneladas de ficción y no ficción contemporánea —en versión tanto literaria como cinematográfica— cuyos personajes pueden muy bien ser calificados de perdedores, corre el riesgo de quedar sepultada por ellas. Afortunadamente El ladrón de chicles logra sacar la cabeza entre tantos libros y películas para ofrecernos su discurso, sus situaciones ambientadas en la franquicia de papelería Staples, y para generarnos estados de ánimo y de pensamiento que oscilan entre la esperanza, las ganas de reir, la melancolía y el Angst, si es que es posible oscilar entre tantas cosas al tiempo. Decir que estamos ante una novela eficaz, tampoco es nada nuevo, pues el planeta tierra está superpoblado de autores ingeniosos, que conocen su oficio y saben tocar tal o cual tecla para escribir obras inteligentes; entonces no digamos mucho más y comencemos de una vez a leer este libro que, con total seguridad, no seremos capaces de abandonar hasta haber apurado sus últimas páginas.

Mentiras conta giosas, Jorge Volpi

Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 251 pp. 15 €

«Imaginemos una genealogía de la novela. Sin duda, los relatos de algunos miembros de las tribus primitivas debieron estar plagados de mentiras y exageraciones, que quedaban expuestas cuando se demostraba su falsedad. Aun así, es posible que alguno de aquellos primitivos narradores descubriese que podía mentir con el consentimiento de sus oyentes. Estableció así un acuerdo con su público: podía contar historias falsas siempre y cuando fuesen entretenidas y pareciesen verdaderas. Los humanos descubrieron así una nueva forma de transmitir sus conocimientos. A diferencia de los relatos verídicos, la ficción no estaba sujeta a límites rigurosos y podía alimentarse de una infinita variedad de ideas. La ficción adquirió así vida propia y se transformó en un organismo capaz de reproducirse a gran velocidad. Su capacidad de adaptación se volvió tan elevada que ha logrado sobrevivir a un sinfín de amenazas e incluso a intentos de exterminio. Acaso algunos animales sean capaces de mentir, pero sólo el homo sapiens puede tramar mentiras verosímiles —verdaderas, dice Var gas Llosa— y luego disfrutar, aprender e incluso sufrir gracias a ellas.»
Siempre es un placer leer a Jorge Volpi. Y es un placer porque, anécdotas aparte, se aprende mucho. Confieso que yo me prendé de la escritura del mexicano tras leer la novela En busca de Klingsor, y que desde entonces espero ansiosa la aparición de un nuevo título. En Mentiras contagiosas, una obra a caballo entre el ensayo y la ficción, exploradora de los límites de la escritura, la buena salud de la narrativa universal salta a la vista. Como punto de partida, Volpi arremete contra el tópico de la muerte de la novela, para enfocar su tesis del modo siguiente: las novelas se comportan como virus o parásitos, buscan contaminar al mayor número posible de lectores y, para lograrlo, están condenadas a luchar entre sí con pasión. Desde la publicación de El Quijote, las novelas infectan y contagian y a veces se convierten en auténticas epidemias —quizá fuera este un buen momento para reflexionar sobre el fenómeno Ken Follett o sobre la entretenida obra de Ruiz Zafón—. En cualquier caso, su punto de vista resulta cuando menos refrescante.
Bajo la irónica lupa de Volpi pasan los personajes de Cervantes como objeto de obsesión neurótica de Orson Welles. Pasa la ciencia y, de su mano, rigurosos estudios académicos que nos sirven, entre otras cosas, para desenmascarar los más sobados clichés. Pasa Rulfo — brillantes murmullos de Pedro Páramo— y con él toda la genealogía narrativa latinoamericana, desde el genial Fuentes al imaginativo Bol año, declarado enemigo de las fronteras estilísticas aunque mal cuentista, según el autor (el análisis de la obra 2666 es riguroso y también muy original). Pasan Air a y Lezama Lima. Pasan Pitol y Cabrera Infante. Varg as Llosa y Cortázar. Onetti y Donoso. Pasa la mitad más creativa del Santoral. Pasan un sinfín de novelas “clonadas”, que se limitan a repetir esquemas intrascendentes, de rápida digestión. Pasan los mal llamados “profetas de América Latina”, con sus fantasías y sus furibundos arranques nacionalistas. Pasan y se desnudan los Buendía, esos “dioses brutales y caprichosos”. Pasa Verdi y pasa, sin pasar, Dan Brown: sólo el lector sabrá por qué. Y pasan todos vestidos de domingo, de carnaval o de fiesta bufa, en un desfile exhibicionista y lúcido digno de la mayor ovación.
Paradójicamente, Volpi desmonta el mito de que la evasión es patrimonio exclusivo de la novela facilona: para desconectar de los problemas, nada mejor que ejercitar la mente adentrándose en el mundo complejo de una novela compleja, que ponga a prueba nuestras neuronas. A fin de cuentas, ¿quién osa afirmar que lo difícil es necesariamente aburrido?. La salvación de la novela, siempre según Volpi, estriba en “mutaciones” que conduzcan a nuevas especies literarias. Las novelas que ofrecen el caldo de cultivo apropiado para la evolución literaria son aquellas que presentan textos profundos, que buscan la manera más sincera de exploración sin pensar en el éxito o la voracidad del mercado. La experimentación en esta novela debe ser de índole estética y ética, obliga a salirse de la propia piel, a ponerse en situaciones distintas y a enfrentarse a dilemas éticos. En Mentiras contagiosas, Volpi contrarresta la idea de que la novela es el espacio en el que el lector está recreando la historia. «Eso es cierto, pero también es cierto que se está enfrentando a un ambiente hostil, al que tiene que ir adaptándose poco a poco. Tiene que ir encontrando cuáles son las leyes que lo gobiernan y queriendo voluntariamente someterse a esas reglas, pero también cuestionándolas todo el tiempo». La novela, en fin, está perpetuamente abocada a “renovarse o morir” en un fenómeno análogo al de la selección natural. Siguiendo la estela de Vila- Matas, con Mentiras arriesgadas damos otra vuelta de tuerca a uno de los temas más tratados en la literatura contemporánea: los difusos límites entre la ficción y la realidad.

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Antología del nuevo cuento polaco. Opo wiadania, VV.AA.

Edición y traducción de Joanna Bielak. Selección y prólogo de Xavier Farré. Prólogo de Sergio Pitol. Páginas de Espuma, Madrid, 2008. 216 pp. 16 €.

Witold Gombrowicz fue, con casi toda seguridad, el cuarto nombre que revolucionó la literatura europea de la primera mitad del siglo XX. Como llegó veinte años más tarde y un país más allá que Proust, Kafka y Joyce, muchos ni lo hemos estudiado, y apenas le habríamos leído si no fuera por ese espíritu manifiesto desde hace dos décadas que consigue últimamente convencernos de que las literaturas eslavas no acabaron con Crimen y Castigo, Ana Karenina o Gogol.
La última apuesta de ese espíritu la ha materializado la editorial Páginas de Espuma y se llama Opowiadania, o lo que es lo mismo: la antología del nuevo cuento polaco, traducida por Joanna Bielak, con selección de Xavier Farré y prefacio de Sergio Pitol. Diez autores y, por lo tanto, diez relatos han sido los elegidos para exhibir el panorama de la narrativa breve polaca de tres generaciones: los que sufrieron o pudieron sufrir el holocausto (Adam Czerniawski, Gustaw Herling-Grudzinski), los que (sin tener por qué vivirla) nacieron en la Polonia comunista (Olga Tokarczuk, Pawel Huelle) y los que empiezan a mirar (con recelo o sin él) a la Europa más occidental (Wiedemann, Kuczok).
Esta clasificación, sin embargo, es sólo temporal y sólo nos va ayudar en el sentido de que, por muchos años que disten entre ellos, todos recogen y beben de la herencia de Witold Gombrowicz, aquel polaco que hizo de la ironía, la distorsión y la inmadurez formal el santo y seña de toda su obra. Gombrowicz supo unir como nadie la ficción, la realidad y las fronteras que unen o separan a ambas. A partir de ese hito, la bifurcación. Sus herederos han dividido al monstruo en dos cabezas.
La primera se compone de relatos como El sentido de la vida o Cómo llegar a ser rey, que transgreden la realidad mediante la acumulación de fantasía o contenidos sorprendentes.
La segunda cabeza no transgrede la realidad, pero sí intenta superarla con la combinación de dos elementos: el costumbrismo y el hiperrealismo. De este modo, el relato elegido de Grudzinski, Cuaderno de William Moulding, jubilado acumula cualquier influencia (incluso la cervantina) al contarnos la historia de un polaco que de visita a la hostil Londres recibe como regalo de subasta el manuscrito de un verdugo jubilado que, con todo detalle y mímesis, explica al completo los pormenores de tan noble arte. De parecido corte es el relato La mesa de Pawel Huelle, donde un objeto tan corriente y tan esencial a la vez es capaz de arrastrar consigo años de historia política y sentimental; el argumento: un vecino a punto de autoexiliarse deja como intercambio a la familia protagonista una mesa de origen alemán; el conflicto: al padre (germanófilo) le encanta la mesa, la madre (prosoviética) la detesta; el episodio folklórico: el padre rebaja la altura de todas las patas para igualarlas hasta que de la mesa sólo queda el tablero; la solución: cruzar el río Vístula y acudir a la casa del único carpintero que hace mesas “indiscutiblemente redondas”; la herencia formal: una vez más, y como pasaba con la historia del verdugo, el detalle pormenorizado y exhausto que desgasta la realidad hasta límites irrisorios.
Otros cuentos como El último invierno antes del diluvio o Sin rastro, escritos por los más veteranos, nos retrotraen al perpetuo éxodo de los judíos de la Segunda Guerra Mundial que tantas veces la gran pantalla ha visualizado con el cine de denuncia. Otro cuento sin embargo, Rayos del cielo, habla de un éxodo más reciente (el de millones de ciudadanos del Este que en las últimas décadas han emigrado a la Europa más rica) y de los derivados conflictos generacionales que existen entre los que permanecen en Polonia (normalmente los abuelos y los nietos). Velada literaria, de Olga Tokarczuk, relata por arte de elipsis la profunda historia de pasión entre un escritor y su admiradora.
Posiblemente, por prudencia histórica y por falta de espacio, hayan quedado fuera los autores polacos noveles que hoy en día, y ante la maquillada censura actual, copan Internet. Por su parte, Gombrowicz decía que el escritor tiene que ser dueño de las formas que adopta y no esclavo de ellas. Los diez autores presentados en Opowiadania dieron un paso más y tampoco quisieron ser esclavos de su herencia literaria, de modo que la partieron en dos.

La muerte lenta de Luciana B, Guillermo Mar tínez

Destino, Barcelona, 2008. 232 pp. 19.50 €


De Guillermo Martínez (Bahía Blanca, Argentina, 1962) se habla mucho últimamente, pero no como promesa firme de las letras argentinas, sino como verdadero maestro del suspense, tras el éxito internacional que ha cosechado su novela Los crímenes de Oxford, llevada al cine por Alex de la Iglesia y traducida a treinta y tres idiomas. Quienes, por azares dichosos de la vida, tuvimos la suerte de conocerle hace algunos lustros, ya sabíamos de la precisión de su estilo, de sus atmósferas cargadas e intrigantes y de sus desenlaces sorprendentes. En Infierno grande, su primer libro de cuentos, escrito cuando el autor andaba por los veintitantos, hace un alarde de ese dominio con una prosa equilibrada y distante. Yo diría que desapasionada. Acaso por razones literarias me sentí abducido en su día con su novela La mujer del maestro, en la que el escritor que la narra trata de acercarse al escritor que admira a través de su mujer. Era por tanto una novela metaliteraria, con mucha reflexión sobre los misteriosos secretos de la cocina de un autor.
La muerte lenta de Luciana B, su cuarta novela, tras las dos aludidas y Acerca de Roderer, sigue esa racha metaliteraria, hasta el extremo de que la editorial entrega con la novela un cuaderno de notas de Henry James, uno de sus maestros declarados al que se alude en varias ocasiones a lo largo de la misma. Claro que, además de James, a veces uno descubre el aliento de Borges en esa manera distante y templada de abordar los hechos narrativos.
Luciana, el personaje central de esta novela es, al principio de la misma, la joven secretaria ocasional de un escritor. Diez años más tarde la vemos convertida en un ser ultrajado, en una mujer perturbada, envuelta en una serie de muertes próximas. Kloster, el célebre escritor para el que trabajaba y con el que rompió se convierte en el principal sospechoso. El narrador, el que nos cuenta estas intrigas dosificando con eficacia los datos, es otro escritor que, de manera circunstancial, se cruzó en la vida de Luciana.
En un momento de la novela, hacia el final, Kloster, asombrado del poder premonitorio de su escritura le dice al narrador: «Mucho después, a la noche, leí otra vez esas páginas que le había dictado. Eran de otro, sin duda. Yo nunca hubiera podido escribir algo así. Sin fallas, sin vacilaciones. Un lenguaje primordial, con una fuerza terrible y primitiva que se abría paso a lo más hondo del mal. Me dio terror verlas allí escritas, fijadas en la tinta sobre el papel, como si fueran la evidencia incontrastable de que aquello había sido real».
Este párrafo resulta esclarecedor del poder premonitorio de la escritura al que aludíamos. Pero, a través de él, el lector puede descubrir también el ritmo de una escritura subyugante, envolvente, poderosa, una escritura que, de manera sibilina, atrapa al lector en los primeros párrafos y no lo suelta hasta que, agotado por el sueño, pero feliz de haber realizado una travesía encandilante, llega al punto final. Así me pilló a mí, en la cama, casi de madrugada, pero feliz por haber recorrido esos territorios oscuros que van desde la venganza, la crueldad o la superstición por los que deambulan los personajes inquietantes de esta novela tensionada y magnífica.

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